La Luz Amarilla


«"Todo descubrimiento no es
sino paciente conquista del olvido",
decía Reb Rafat».

“Leo y releo el libro que voy a escribir.”


-Edmond Jabès-



“(…) Desde que hemos superado el error de creer que el olvido, habitual en nosotros, implica una destrucción de la huella mnémica, vale decir, su aniquilamiento, nos inclinamos a suponer lo opuesto, a saber que en la vida anímica no puede sepultarse nada de lo que una vez se formó, que todo se conserva de algún modo y puede ser traído a la luz de nuevo en circunstancias apropiadas (…)”.

-Sigmund Freud, "El Malestar En La Cultura" 1929-1930-



“Te incluyo en ésta mi definición de la ‘felicidad’ (¿o ya te la conté hace tiempo?). La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia”.

– Sigmund Freud, Carta 82, de 1898 a Wilhelm Fliess-



“Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil.”

– Sigmund Freud, Carta 107, de 1899 a Wilhelm Fliess-


domingo, 24 de abril de 2011

Una Fotografía

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Una Fotografía












   Otra tirada para romper el espejo, efecto del ta, ca, ma, pa, la, da , sa. Ninguna opacidad desaparece con otra opacidad, yo no decía nada, me des hacía de mí, de ti, de los. Hay una noche en la que no estuve, se le parece a ésta, pero es la detención de las siguientes palabras.

Después el escenario es vivo: estuvo la presencia de la luna, las copas de los chopos no se dejaron de agitar, la promesa del aire frío no cesará de acompañarme allá donde los escenarios han aprendido a desmaquillarse sin que les sangren los dedos.









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lunes, 21 de marzo de 2011

FORMAS

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FORMAS












   Escribo sobre la infancia, según quien lo lea, podría ser porque escribo sobre mi vida o porque escribo sobre alguna parte de ella que no tiene que ser precisamente el tiempo marcado por los relojes que pertenece a ella. Y creo que de hecho es así. Pero es cierto que se da una identidad en cuanto a sitios, cronología y formas. No me cabe duda de que escribo desde este presente cronológicamente hablando, es el único tiempo que nunca se puede abandonar, el presente.


Pero lo llamo desmemoria porque está poblado por montones de hechos que excluyeron, entre otras muchas cosas, el acto de escribir. Memoria, es una construcción y Desmemoria, una desconstrucción.


Entre lo que es no identidad o lo que lo parece, las formas lo son todo. Esos lugares son puros y no porque hubiese en ellos alguna clase de castidad; las cosas que hoy considero que valen la pena de la vida, estuvieron todas allí. Y las otras que no aparecen más que como mudez, sordera, excesos, formas abyectas sobrantes, y más y más sobrantes, encuentran en esa edad el más absoluto destierro. Lo llamo desmemoria porque sé de la falacia de tantas y tantas verdades creadas y recreadas sin serlo, y porque, una vez se empieza a recordar con ellas a cuestas, desaparece la pureza.


Esta pureza de la que hablo, no desconoce los otros aspectos de la vida que no son la felicidad, más bien se trata de que no entren jamás ciertas combinaciones de palabras y suele tener relación con palabras demás. Algunas veces, tengo la sensación de que no hago más que dar vueltas sobre lo mismo y es posible que en verdad las doy; y sin embargo, son esas las mejores y más nítidas imágenes, las que más me producen sensación de belleza. Las formas, creo que son entonces algo así como matices. En un atardecer, por ejemplo, hay muchos matices; pero para decir a qué hora del día me referí, tengo que utilizar todas las veces esa misma palabra: atardecer. El truco está en no decirla o decirla de soslayo, y en su lugar, poner colores, edificios, pedazos de calles, frases, otras palabras, olores, todo aquello que se quedó ligado a la palabra atardecer que, quizás, nunca se pronunciara de la misma manera que ahora. Así que la forma, cada forma, es una nueva pronunciación.








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domingo, 20 de febrero de 2011

DESMEMORIA

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DESMEMORIA















   “Entre la idea y la realidad, entre los actos y el gesto, cae la sombra.”


-T.S. Eliot-










   Ella tiene que trabajar con mucho más ahínco que la otra ella. Y hoy se tiene que callar para que no se filtren en sus palabras las de quienes nada le dejan a la palabra.



El grado de crueldad al que es capaz de llegar el ser humano, no lo podría explicar de ninguna manera más que con la alegría.







19 de febrero de 2011








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miércoles, 26 de enero de 2011

ESCRITO SIN PAPEL








ESCRITO SIN PAPEL















   No es ningún capricho que hayan resultado ser nueve las partes o libros en los que trato de rescatar mi historia, plantear eso en términos de cantidad, es una falsedad tan absoluta como el intento de pertenecer a ellos. Son nueve porque fueron apareciendo de la misma manera que aparece un dibujo, con trazos densos en algunos sitios, otros ligeros, coloreados o en sombras; todos ellos están articulados, y para dejar constancia de que son uno mismo, los he agrupado bajo el título de este fragmento puntuado por un comienzo y un punto final, una vez dicho esto, me permitiré repetir, pasar por los mismos lugares cuando apenas les haya diferenciado una tonalidad, un pequeño trozo de algo capaz de detonar todo el olvido.



No me interesa nada del presente por el mismo motivo que no podría interesarme nada del pasado, las diferencias de tiempo son construcciones de la realidad, la poesía se escribe y se pone de actualidad años después de haberse escrito, el único aspecto imprescindible de esta realidad, es poder escribirla. El futuro no existe como tal, puede ser la prolongación de cualquier otro tiempo, si las palabras de algún poeta partieron de su memoria o de su olvido, quienes las lean, no necesitan ningún certificado de verdad, la única temporalidad del poema, es su capacidad de emocionar.



Asisto atónita a los festines literarios que acucian a mis contemporáneos; vivo en primera persona sus efectos, los considero todos tan alejados de lo que cabe esperar de la poesía, de la escritura en general, que algunas o muchas veces me acaba pareciendo que la marginación, sin prejuicios que la supongan de ninguna manera, la llego a considerar un privilegio. No estoy hablando ni de modestia ni de ninguna clase de reducción, sino de algo que llamaría oxígeno, y así lo llamo. Al acudir esta palabra para expresar lo que quiero decir, me acuerdo de uno de los poetas que más me impactó: Raul Gustavo Aguirre. En este momento no tengo en mi pensamiento ningún verso o ninguna frase así que me tendré que apoyar en las mías o tal vez sea la forma no visible de lo que antes decía. El vínculo que enlaza aquellos poemas que no entendí pero supuse que entendería cuando me hiciese falta, son esa misma necesidad de respirar que recuerdo estaba presente en todos ellos. Razón suficiente para justificar nueve libros; tantos como ráfagas o telares o superposiciones o estratos haya que levantar hasta llegar a un sueño. Un sueño cuyo significado es soñar, al igual que sucede con el tiempo, no como parte de una realidad que lo trata de reducir a ella misma, sino soñar para desrealizar esa realidad construida con cascotes que llevan años pudriéndose, siglos; lo mismo que las palabras, que no significan nada colocadas de tal o cual manera si no consiguen alterar lo que leen.


26 de enero de 2011







viernes, 31 de diciembre de 2010

NOCHEVIEJA

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NOCHEVIEJA













   Tengo dos tarjetas pendientes de escribir. La duda, por si acaso, cuando al final lo escriba, nada de lo que diga tenga que ver con lo que pienso que quiero decir.



La desmemoria como lo necesario para llegar a la condensación, las pequeñas partículas.



Lo que se entiende como inocencia, tal vez sea un puro acto de fe. No cualquiera, no éste o aquel, sino aquellas creencias que mantuvieron el arrojo de separarse de tales otras. No creo que existan cánones fijos para determinar lo que es inocencia de lo que no lo es; a menudo, los hechos y los discursos están precipitados a engullir eso que con ninguna palabra se puede estar seguro de que se diga lo que es. Quizás el número de veces que se tiende hacia allí, es más veraz que las motivaciones que se puedan izar como estandartes. La inocencia debajo de la palabra Nochevieja, tiene que ver con la nieve.



No importa si hace siglos que ya no nieva ni si coincide con otras tarjetas de felicitación de Navidad, las coincidencias o no, son meras circunstancias. Tanto es difícil mantenerse entre lo ya caduco como no irse al lado de la pura invención; el número de veces tiene que ver con una experiencia irrepetida siempre. El participio pasivo, la devuelve la cualidad de ser parte de una realidad que no es la que manejan ni la memoria ni el olvido.



Siempre, cualquier palabra, puesto que dice de menos y puesto que dice demás, está abocada a la evocación y es así como ella misma es imposible de mantenerse ligada a su intención; constantemente es necesario ir escuchando las sugerencias y retirar, de donde ellas nos hayan llevado, lo sobrante. Lo particular se hace universal cuando consigue ser creíble. Y como no se trata de algo esperado ni mucho menos conocido, son tan legibles los espacios en blanco, los huecos que se entrelazan, las prolongaciones de letras y no letras que se filtran por donde ya no son y así crean un más allá o un más acá del espacio y del tiempo. La inocencia no es un estado moral, pero si evoca eso, tal vez sea porque el número de veces que se tendió hacia allí, terminó por hacerse incontable. En su lugar habrá muros de contención y un exacerbado sentido del ridículo. La estética es la primera que se pervierte en esa forma de traición.



De aquella piedra gravosa, agrisada, fría tal vez, indiferente y las relaciones establecidas, sólo pueden dar cuenta ciertas palabras y no las otras, ciertos espacios y no cualquier espacio aparecido porque sí. No se sabe muy bien si son las palabras las que crean los objetos o son éstos los que reclaman que ellas aparezcan. Sólo sé que, las puertas que se abren o las puertas que no se abren, tienen que ver con el sonido.










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domingo, 26 de diciembre de 2010

22 de diciembre

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22 de diciembre















   Hoy casi todos esperan el sorteo de la lotería de Navidad; yo ayer encontré dos participaciones de 4 euros que tengo desde el verano, las busqué por si acaso saliera premiado ese número para no tener que contarme después que había perdido algo… más. Este día representa para mí la frontera entre el resto del año y la Navidad. No suelo jugar a esta lotería o, si lo hago, se trata de participaciones de gente muy cercana tal como ha sido en el caso que digo. El día 22 de diciembre es como Despeñaperros, un límite imaginario para mí que separa más de lo que la cronología o el espacio indican.




El día de hoy está marcado porque no pude vivir los días anteriores hasta llegar a éste.




No deseo ahora hablar del día 22 de diciembre, qué más da. Ya lo dije: algo se había tragado los días anteriores. Hoy tengo algunas cosas que hacer, tales como no olvidar que sólo me puedo ocupar de algunos libros, las fotos, algún que otro post, pocos porque con todo es mucho más que arrastrar una casa gigante; algunos vídeos, también pocos. No es necesario más.




Ayer, cuando bajé a la calle, fueron los únicos momentos felices del día. Estuvo presente una tristeza aguda que consistía en revivir la distancia que hay desde el hoy al ayer. Era caleidoscópico sentir tantos presentes simultáneos. Desgarrador si hubiese durado más tiempo. Lo que no pude hacer, fue recobrar con palabras esos dos mundos inseparables e irreconciliables a la vez. Digo feliz, porque no en vano puse de título MEMORIA con el epígrafe de Edmond Jabès de leer y releer en el libro de la vida. La enorme dificultad, está en la amnesia que supone no haber sido capaz de evitar tanto desvío. Tal desmemoria es, que me encuentro en conflictos que sólo se representan a sí mismos, bajo la forma de ¿dónde coloco este trozo de letras que escribo sin papel?




Aquí, en esta página que abrí ayer que fue, junto a los cortos minutos que estuve paseando sobre los charcos, los dos únicos y escasos momentos del día en los que fui feliz. COSAS NO PRESCINDIBLES porque incluso, las palabras dadas, están plagadas de memoria y están plagadas de olvido. Olvido de lo esencial, como si lo esencial hubiera sido una broma ridícula o como si el corto tiempo de la felicidad, se pudiese despilfarrar. Hay miles o cientos de palabras que tienen el paso prohibido aquí; se trata de palabras que dicen la verdad, pero que no dirán jamás de lo esencial de la verdad; prefiero creer que sólo serán cientos y no miles por si necesitara que algunas o muchas de ellas hicieran de catalizadores en mitad de una frase. Un catalizador, creo recordar, es un agente que no interviene en la reacción pero con su presencia la precipita. Esas palabras malditas que no me atrevería jamás a pronunciar más que desactivándolas de su peso imposible; palabras posibles de hacerlas realidad, puesto que son palabras, sólo sacando para la luz  lo que sugieren y retirando lo que dicen.




Y así más o menos, con este pequeñito pedazo de alma, y nada más, será como, comienza el listado de las cosas que nunca llegué a abandonar









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